Factores sociales y emotivos para dejar de fumar

Ya sabemos que existen miles de razones para dejar de formar y miles de vías, tratamientos y métodos que acercan al fumador a cruzar esa difícil línea de tirar el último cigarrillo de su vida. Por supuesto, es difícil desengancharse de la nicotina y, aún más difícil, no volver a caer en el vicio; al fin y al cabo, y al margen de la propia adicción que las sustancias del cigarrillo generan, es el propio hábito y la propia costumbre los que hacen más complicado el proceso, ya que fumar suele acabar asociándose a determinados contextos, horas, situaciones, etcétera.

Por ejemplo, se fuma cuando se tiene estrés en el trabajo, cuando necesita ayuda de profesionales del hogar por cualquier incidente, en horarios fijos como el de después de comer, cuando sales de ocio y te tomas una copa; ninguno de los métodos infalibles, científicos y médicos logrará desvincular el contexto en el que se fuma del propio cigarrillo. Obviamente, hay quien ha conseguido dejar de fumar merced a estos exhaustivos métodos, pero también hay quien no.

Tampoco los libros de autoayuda o de dejar de fumar paso a paso parecen tener un influjo inmediato y profundo en el adicto a la nicotina. Por ello, y teniendo en cuenta el componente contextual y situacional que explicamos en líneas anteriores, tal vez sea positivo recurrir a otra clase de estímulos más llanos, cotidianamente psicológicos, de auto convencimiento.

El fumador, por ejemplo, debe realizar el viaje hacia dejar para siempre el tabaco pensando cosas básicas y que le sensibilicen. Seguro que no quiere hacer que sus hijos y familiares enfermen. Seguro que no quiere pensar que a final de mes se le ha ido un dinero absurdo que serviría para alimentar a los suyos. Seguro que no quiere que sus seres queridos y sus más allegados vean cómo contrae cáncer o, en el peor de los casos –aunque probable-, cómo tienen que enterrarle.